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Gualeguaychú y la niña que murió de amor…

    Pueblo chico, historias grandes… de eso se trataba Gualeguaychú  del 1800. Una gran historia de amor y tragedia que alberga una casona construída en 1830, cuyas pesadas rejas de hierro y una añosa magnolia en el patio fueron testigos de los acontecimientos y cobijo de  ilustres personajes que sucedieron en La Azotea de Lapalma.

 

La Azotea de Lapalma

 

    Cuentan que Francisco Lapalma, hijo del primer médico del pueblo que había venido de Brasil allá por 1801, era el dueño de esta casa de campo.- Francisco se casó con Martina Carmona, cuya familia era de los primeros pobladores de la zona aún  antes que Rocamora fundara Gualeguaychú . En la chacra existían plantaciones de árboles frutales cuyas y elaboraciones se comercializaban en la zona y en Buenos Aires.-

  La protagonista de esta historia es Isabel Frutos, hija de Benito Frutos, quién introdujo las plantaciones de frutos en la zona,  y Petrona Carmona (hermana de Martina). Isabel se enamora de un joven correntino de oficio panadero. Dicha relación, entre una niña de la más alta sociedad entrerriana y un simple jornalero era inaceptable. Sus padres deciden entonces separar  a los enamorados y envían  a la joven Isabel a vivir con su tía Martina en la casona de los Lapalma.-

La niña que murió de amor    Lejos  de sus hermanos y con la imposibilidad de llevar adelante su romance, Isabel decide dejarse morir… negada de poder vivir su historia de amor entra en una profunda depresión, se niega a comer y a beber. El 26 de febrero de 1856 a los 19 años, Isabel muere de amor…

   El joven enamorado de Isabel regresa a su Corrientes natal donde forma una familia y logra a ser un hombre muy destacado en el ámbito político. Enterado del destino de Isabel, las crónicas de la época cuentan que le escribe cartas a su madre durante el resto su vida.

Azotea de Lapalma donde vivió Olegario Víctor Andrade

   En su estadía en la Azotea de Lapalma, Isabel hizo una gran amistad con el poeta Olegario Víctor Andrade , que al quedar él y sus hermanos, Úrsula y Wenseslao huérfanos de padre y madre, son adoptados por la familia Lapalma y criados como primos. Olegario, con sólo 2 años de diferencia de edad con Isabel comparten charlas y confidencias logrando establecer una hermosa amistad. Sumamente dolido por su partida, Olegario le escribe un poema a su desdichada amiga.-

   La triste historia de Isabel no es la única que albergan los muros de la Azotea de Lapalma. Cuentan que RGualeguaychú Azotea de Lapalmaosa y María, sobrinas de Isabel  eran hijas de un matrimonio entre primos hermanos.  María sufría una enfermedad psiquiátrica y Rosa cuidó de ella ayudándola en sus tratamientos con medicamentos y con electroshock típicos de la época. La acompañó en su insomnio y en su encierro. En este entorno Pedro hermano de ambas decide poner fin a sus días, suicidándose de un disparo en la cabeza.

 

   Cuando María fallece, Rosa agotada de la vida que le habían impuesto , decide no tener contacto con nadie y se entrega al abandono por completo. Deja de cuidar su cabello y dicen que sus uñas eran tan largas que le impedía firmar la correspondencia, único contacto que tenía con el exterior.-

   Rosa fue la última habitante de la gran casona y pasó 30 años enclaustrada en la parte alta de Azotea de Lapalma . Sólo recibía las cartas de sus sobrinos, uno de ellos Lilo era quien le alcanzaba una vianda con una soga.-

   La casa cae en el abandono y sufre de saqueos. Lejos estaban los prolijos jardines y la maleza se adueñó de todo el predio…

   Se dice que el fantasma una mujer vestida de blanco se pasea llorando en lolapalms  balcones de la Azotea de Lapalma. Quizás se trate de Isabel que aún sufre por su amor o la dulce Rosita sobrellevando la tristeza de sus días, lo cierto es que la tristeza, la soledad y el abandono son los sentimientos que las unen…

   Hoy la Azotea Lapalma ha recuperado parte de su esplendor y se ha convertido en un museo. Se perdió la cocina, el comedor diario, la fábrica de dulces, la de escobas, la talabartería, un palomar y un pequeño templete. Aún queda el casco, habitado por Francisco y Martina. El balcón que ocupa todo el frente y las rejas que tienen grabadas las iniciales de su propietario. En el patio la inmensa magnolia testigo de historias y tragedias  recibe a los visitantes ansiosos de conocer  mitos y verdades de esta familia atravesada por el amor, la desgracia y la tristeza.-

 

“…Cual luz fugitiva que cruza la esfera,

cual rosa marchita del viento al nacer,

así se concluye tu triste carrera,

mi joven amiga, mi tierna Isabel…”

                                                                                                                    Olegario Víctor Andrade

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